Un laberinto es una figura. Es tanto un juego como un castigo. Un desafío como un sinsentido. En un laberinto algunos se pierden, otros se encuentran y otros simplemente deambulan. Para todos ellos no hay entradas ni salidas, sólo caminos. No saben por qué están allí, tampoco saben si saldrán, no saben si encontrarán lo que no saben que buscan y mucho menos saben que no saben que buscan algo que no saben lo que es. Lisa y llanamente: se están buscando a sí mismos o a otros o a nadie.
sábado, 14 de mayo de 2011
Diarios de Viaje
Estoy en Zaragoza, hoy recorrí varias de las calles de esta ciudad y no sé por qué extraña razón de lo único que me acuerdo y de lo único que deseo escribir es de algo que encontré escrito en una pared: "...escribiremos nuevas reglas, esta es la primera de ellas, está prohibido prohibir". Sí, claro, sé de quién es la frase y no resulta extraño encontrarla justamente aquí. Estoy feliz, debe ser por eso, me siento libre, y las casualidades no existen. Hoy me sentí escribiendo esa pared, es más, si hubiera tenido un aerosol seguramente le hubiese agregado un "sí". Mañana escribiré mi diario, de hoy sólo quiero recordar el maravilloso momento en que fui libre y recorrí cada milímetro del trazo de ese aerosol como si fuera una hormiga, un insecto, una ameba; como si la vida misma estuviera allí escrita. En fín, hoy no importa lo que vine hacer aquí, por hoy me doy por satisfecho, vuelvo al hotel cantando bajito.
sábado, 7 de mayo de 2011
Diarios de Viaje
Hoy no me vi al espejo, fue pura casualidad. Ni bien me desperté salí corriendo del hotel, así vestido como estaba, sin desayunar, sin saludar a nadie. El aire puro-impuro de la ciudad me devolvió un poco las ganas de escribir. Así llegué hasta esta plaza, hermosa plaza, vieja conocida. Echado sobre el césped, apoyado sobre mi codo izquierdo para poder escribir con mi mano hábil sobre este diario, sencillamente me tiene ocupado. Y eso es bueno. Por suerte en las plazas no hay espejos, no sé donde me refugiaría si así fuera. Sentir la humedad sobre mi espalda me mantiene despierto, y sobre todo saber que esa humedad es extraña a mi cuerpo, me viene por fuera, ya no simplemente de mis laceradas glándulas sudoríparas. Acá pasa de todo, demasiadas cosas, no podría ni siquiera empezar a enumerarlas. No lo voy a hacer tampoco. Quizás exista algo por fuera de mi mismo, quizás exista un mundo, una realidad digna de ser observada. O indigna, no importa, lo mismo da, lo único que importa es que acepte su existencia. Quizás así deje por un momento de verme al espejo (o ansiando verme). Sería muy bueno que eso suceda. La verdad que los espejos ya me tienen un poco harto, y sobre todo estos ojos, mis ojos, ya me los conozco de memoria. Quizás sea tiempo de ver para fuera.
martes, 3 de mayo de 2011
Diarios de Viaje
Llegué hace unos días a la terminal y como era de esperarse (era lo previsto) me esperaba J en la estación de ómnibus. Yo sabía que algo estaba mal o que todo ya se había hundido (como si de algo en el lago se tratase) pero supongo que habré creído que algo podría cambiar, mejorar, que algo habría entendido mal, que algo se me hubiese escapado, olvidado, confundido. Es obvio que algo se me escapó, se cae de maduro que soy bastante ingenuo. J es una mujer de esas que siempre me gustaron, independientes, frías pero en el fondo cariñosas, duras como una piedra por fuera pero calientes como magma volcánica por dentro, siempre a punto de estallar. Así siempre me gustaron las mujeres, las mujeres-bomba. La cosa es que J era una bomba de relojería, tenía tantas partes, tantos mecanismos, tantos cables rojos, azules, amarillos, bordó, violetas, verdes, blancos, negros, que era imposible descifrar su lógica de desactivación. O quizás no era imposible, sino que yo nunca la entendí. A la lógica claro, a la mujer sí la entendí, pero entenderla a ella no era nada, entenderla a ella sin entender su lógica era como intentar entender el funcionamiento de una bomba de relojería sin ser relojero ni experto anti-desarme. Con esta bomba me encontré ayer, en la terminal, con esta bomba erguida, parada sobre sus dos pies, sus zapatillas de lona blancas, acompañadas por encima por unos jeans azules gastados y uno de sus clásicos puloveres anchos que solía usar cuando estabamos juntos. Fue hermoso volver a ver esos pelos castaño claros recogidos por una colita fucsia y de fondo el Nahuel Huapi. Una postal. Tentadora postal invitando a zambullirse en ella, abierta de par en par, invitando al naufragio o al éxtasis o a la locura. O a la vida misma. J me miró, y en ese segundo, en esa milésima de segundo lo supe, supe que la foto no era mas que un recuerdo. Las fotos nunca son la realidad, las postales nunca son los lugares por los que pasamos: son el producto del trabajo de alguien que se tomó el tiempo de sacar esa foto, imprimirla, ponerle un lindo recuadro y distribuirla para la venta, para que gente como nosotros, simples turistas (cantaría un zaragozano con vos prístina: los turistas de la belleza) la compremos en algún kiosko de estación terminal de ómnibus sin interesarnos por mas nada que por recordar en algún futuro, lejano o cercano, que pasamos por un hermoso lugar llamado “vida”. O Bariloche, o Trenque-Lauquen, o La Plata, o Pergamino, o La Quiaca, lo mismo da. La postal no es la vida, la postal es la postal. El recuerdo del transito perpetuo. La certeza de la vida y la amargura del sufrimiento. J y el lago eran una postal y yo un simple turista de la belleza. Al bajarme del ómnibus corrí y la abracé, claro, y el abrazo fue correspondido.
viernes, 29 de abril de 2011
Excurso Poético III
domingo, 24 de abril de 2011
Excurso Poético II
buscando cada uno
sus propios caminos,
sus propias sendas.
Hombres perdidos en la tierra,
buscando buscan
sus propias búsquedas.
Sus pelos erizados
captan todas las señales
son hombres receptores.
Pestañean y abren mundos.
Hombres perdidos en el mundo
viajando a velocidades-luz,
los hombres-rayo.
Sencillos, austeros, veloces
así son los hombres-tierra,
esos que se pasean
descalzos
levantando polvaredas.
Hombres perdidos en la tierra
sin santo ni seña,
la búsqueda es su norte
irremediablemente
hombres.
martes, 12 de abril de 2011
Excurso Poético
versos en todas partes
llueve un mar de palabras
como-poesía.
Todo parece ser literatura
poesía-velador
la dictadura binaria
el si-no y el sino.
Si a la poesía
no al sino.
Que llueva
que lluevan letras
que caigan soretes de punta
si enchastran mejor.
Sí a la poesía-velador
si al prende-y-apaga.
Al fin de cuentas
es mejor que nada.
domingo, 3 de abril de 2011
Diarios de Viaje
Es un gran día de sol. Este lago entre el cielo y las montañas es sencillamente impactante, a uno no le entra en la cabeza como puede ser que tan abismal cantidad de agua se mantenga junta, fría, azul, inexpugnable, albergando tanta vida ignota en su interior, ocultando trastos viejos de historias olvidadas, sirviendo de ruta para pequeñas embarcaciones, sirviendo de inspiración para pequeños poetas. Es un gran día de sol, acompañado de un gran lago.
Creo que al fin de cuentas soy un poeta, digamos que un poeta intermitente. Un poeta-velador, que se apaga y se prende, algunas noches y los días de poca claridad. La poesía siempre la entendí como eso que a uno le surge de algún lado aunque no sepa bien de donde, como esa necesidad de violentar el blanco de un papel, sea cual fuere, para llenarlo de palitos y círculos y redondeles que se hacen llamar letras y espacios vacíos entre los mismos que, misteriosamente, se hacen llamar espacios. No nos olvidemos de los puntos, las comas, los guiones y todas esas cosas que sirven para que las así llamadas letras y sus consiguientes palabras cobren un sentido. Aunque pensandolo bien el sentido es lo que menos importa. La poesía va por otro lado, busca hacerse un camino en el camino interminable de la eterna búsqueda. Quizás es un artificio a forma de mapa, de bosquejo, de guía de pautas para no perderse para siempre, un ovillo desplegado al inicio del laberinto. Y el poeta es ese artífice de su propio camino, no sólo porque escribe, hasta puede ni escribir, hasta puede que ni sepa lo que escribe, o puede que sepa lo que escribe pero no sepa lo que quiere decir, sino también porque a medida que es y se hace poeta va haciendo, rehaciendo, andando y reandando su propio camino. Tiendo a pensar que la poesía y la vida, en algún punto, van de la mano, o lo que es decir mas o menos lo mismo, van por el mismo camino. Y todo esto sólo por admirar un lago, ven, eso es la poesía. Por más que esta vez esté escrita de corrido, en forma de prosa, o lo que sea, porque la verdad, para ser sincero, nunca entendí nada de estilos literarios ni mucho menos de rimas ni de reglas gramaticales. Salvo dos o tres que todavía me resuenan en la cabeza de la escuela primaria, ns o vocal, nv, mb. Alguna que otra cosa quizás recuerde, pero el punto es que no importa. Como tampoco me importa lo que vayan a pensar los que escriben poesía haciéndose llamar verdaderos-poetas, que por como se comportan se parecen mas a un científico que a un literato (Jorge Luis levanta los puños en el centro del cuadrilatero mientras Mario Santiago lo espera agazapado, este último lo mide y de repente le cruza un upper-cut inesperado, Jorge Luis lo había estudiado y sabía que ese era el mejor golpe de su adversario pero la lentitud de Jorge Luis es su talón de aquiles, cuando terminó de calcular la velocidad de aceleración del puño derecho de su contrincante y la fuerza de rozamiento que el aire imprimiría sobre su guante, éste ya lo había impactado con un tremendo derechazo en su pómulo izquierdo provocándole una estrepitosa caída sobre la lona). Siempre me cayeron mal esas personas, con su pedantería como escudo, pero claro, es una cuestión de gustos. La poesía va con la vida, no hay mas vuelta que darle, y la vida, se explica de muchas maneras, se la vive, se la siente, se la escucha, se la ve, pero jamás se puede saber a ciencia cierta como se la debe vivir. Esos poetas son el deber-ser de la poesía, yo soy un simple poeta. Y que le cueste a quien le cueste. En este caso soy un poeta introspectivo, estoy escribiendo un diario, a orillas de un lago, hermoso, enorme, azul, más azul que el mar azul, o más azul que sus ojos. Sus ojos de repente me hicieron recordarla. Como si a partir de una partícula elemental mi cabeza fuera reconstruyendo, poco a poco, la imagen viva de un elemento superior, mas acabado, mas complejo. De repente van apareciendo hoyuelos que reconozco como nariz, dos estribaciones por debajo de los huecos que albergan esos ojos azules que les doy el nombre de pómulos, una ranura carnosa, de color rojo carmesí que se estira, de este a oeste, y se estira, se estira un poco más hasta que deja mostrar por debajo de ella una hilera de algo así como huesos blancos, chiquitos, huesitos puntiagudos, algo recto algunos, algo pinchudo otros, que ahora sé bien que son dientes. Y así podría seguir describiendo hasta el cansancio como se va reconstruyendo esa cara en mi cabeza, después el pelo, los hombros, los codos, las manos, las dos sierras gemelas, el ombligo del mundo, el monte de venus y la fosa mas preciada de los espeleólogos, las largas rectas de carne, músculos y hueso que forman sus piernas. Y allí la tengo, en mi cabeza, pero ya con forma humanoide, allí la tengo a ella, parada enfrente mío sin decirme eso que sé que me tiene que decir, aunque no quiera, aunque no deba, aunque sienta que me va a hacer daño. Sé que me lo tiene que decir, lo dicen los cuencos de sus ojos azules, me lo dice el olor que se desprende de su pulover de lana recién tejido, me lo dice la colita que lleva en el pelo, me lo dice el color castaño claro de su pelo y su mirada triste pero hermosa. Su mirada lo sabe todo, su mirada sabe la verdad.