Un laberinto es una figura. Es tanto un juego como un castigo. Un desafío como un sinsentido. En un laberinto algunos se pierden, otros se encuentran y otros simplemente deambulan. Para todos ellos no hay entradas ni salidas, sólo caminos. No saben por qué están allí, tampoco saben si saldrán, no saben si encontrarán lo que no saben que buscan y mucho menos saben que no saben que buscan algo que no saben lo que es. Lisa y llanamente: se están buscando a sí mismos o a otros o a nadie.
viernes, 29 de abril de 2011
Excurso Poético III
domingo, 24 de abril de 2011
Excurso Poético II
buscando cada uno
sus propios caminos,
sus propias sendas.
Hombres perdidos en la tierra,
buscando buscan
sus propias búsquedas.
Sus pelos erizados
captan todas las señales
son hombres receptores.
Pestañean y abren mundos.
Hombres perdidos en el mundo
viajando a velocidades-luz,
los hombres-rayo.
Sencillos, austeros, veloces
así son los hombres-tierra,
esos que se pasean
descalzos
levantando polvaredas.
Hombres perdidos en la tierra
sin santo ni seña,
la búsqueda es su norte
irremediablemente
hombres.
martes, 12 de abril de 2011
Excurso Poético
versos en todas partes
llueve un mar de palabras
como-poesía.
Todo parece ser literatura
poesía-velador
la dictadura binaria
el si-no y el sino.
Si a la poesía
no al sino.
Que llueva
que lluevan letras
que caigan soretes de punta
si enchastran mejor.
Sí a la poesía-velador
si al prende-y-apaga.
Al fin de cuentas
es mejor que nada.
domingo, 3 de abril de 2011
Diarios de Viaje
Es un gran día de sol. Este lago entre el cielo y las montañas es sencillamente impactante, a uno no le entra en la cabeza como puede ser que tan abismal cantidad de agua se mantenga junta, fría, azul, inexpugnable, albergando tanta vida ignota en su interior, ocultando trastos viejos de historias olvidadas, sirviendo de ruta para pequeñas embarcaciones, sirviendo de inspiración para pequeños poetas. Es un gran día de sol, acompañado de un gran lago.
Creo que al fin de cuentas soy un poeta, digamos que un poeta intermitente. Un poeta-velador, que se apaga y se prende, algunas noches y los días de poca claridad. La poesía siempre la entendí como eso que a uno le surge de algún lado aunque no sepa bien de donde, como esa necesidad de violentar el blanco de un papel, sea cual fuere, para llenarlo de palitos y círculos y redondeles que se hacen llamar letras y espacios vacíos entre los mismos que, misteriosamente, se hacen llamar espacios. No nos olvidemos de los puntos, las comas, los guiones y todas esas cosas que sirven para que las así llamadas letras y sus consiguientes palabras cobren un sentido. Aunque pensandolo bien el sentido es lo que menos importa. La poesía va por otro lado, busca hacerse un camino en el camino interminable de la eterna búsqueda. Quizás es un artificio a forma de mapa, de bosquejo, de guía de pautas para no perderse para siempre, un ovillo desplegado al inicio del laberinto. Y el poeta es ese artífice de su propio camino, no sólo porque escribe, hasta puede ni escribir, hasta puede que ni sepa lo que escribe, o puede que sepa lo que escribe pero no sepa lo que quiere decir, sino también porque a medida que es y se hace poeta va haciendo, rehaciendo, andando y reandando su propio camino. Tiendo a pensar que la poesía y la vida, en algún punto, van de la mano, o lo que es decir mas o menos lo mismo, van por el mismo camino. Y todo esto sólo por admirar un lago, ven, eso es la poesía. Por más que esta vez esté escrita de corrido, en forma de prosa, o lo que sea, porque la verdad, para ser sincero, nunca entendí nada de estilos literarios ni mucho menos de rimas ni de reglas gramaticales. Salvo dos o tres que todavía me resuenan en la cabeza de la escuela primaria, ns o vocal, nv, mb. Alguna que otra cosa quizás recuerde, pero el punto es que no importa. Como tampoco me importa lo que vayan a pensar los que escriben poesía haciéndose llamar verdaderos-poetas, que por como se comportan se parecen mas a un científico que a un literato (Jorge Luis levanta los puños en el centro del cuadrilatero mientras Mario Santiago lo espera agazapado, este último lo mide y de repente le cruza un upper-cut inesperado, Jorge Luis lo había estudiado y sabía que ese era el mejor golpe de su adversario pero la lentitud de Jorge Luis es su talón de aquiles, cuando terminó de calcular la velocidad de aceleración del puño derecho de su contrincante y la fuerza de rozamiento que el aire imprimiría sobre su guante, éste ya lo había impactado con un tremendo derechazo en su pómulo izquierdo provocándole una estrepitosa caída sobre la lona). Siempre me cayeron mal esas personas, con su pedantería como escudo, pero claro, es una cuestión de gustos. La poesía va con la vida, no hay mas vuelta que darle, y la vida, se explica de muchas maneras, se la vive, se la siente, se la escucha, se la ve, pero jamás se puede saber a ciencia cierta como se la debe vivir. Esos poetas son el deber-ser de la poesía, yo soy un simple poeta. Y que le cueste a quien le cueste. En este caso soy un poeta introspectivo, estoy escribiendo un diario, a orillas de un lago, hermoso, enorme, azul, más azul que el mar azul, o más azul que sus ojos. Sus ojos de repente me hicieron recordarla. Como si a partir de una partícula elemental mi cabeza fuera reconstruyendo, poco a poco, la imagen viva de un elemento superior, mas acabado, mas complejo. De repente van apareciendo hoyuelos que reconozco como nariz, dos estribaciones por debajo de los huecos que albergan esos ojos azules que les doy el nombre de pómulos, una ranura carnosa, de color rojo carmesí que se estira, de este a oeste, y se estira, se estira un poco más hasta que deja mostrar por debajo de ella una hilera de algo así como huesos blancos, chiquitos, huesitos puntiagudos, algo recto algunos, algo pinchudo otros, que ahora sé bien que son dientes. Y así podría seguir describiendo hasta el cansancio como se va reconstruyendo esa cara en mi cabeza, después el pelo, los hombros, los codos, las manos, las dos sierras gemelas, el ombligo del mundo, el monte de venus y la fosa mas preciada de los espeleólogos, las largas rectas de carne, músculos y hueso que forman sus piernas. Y allí la tengo, en mi cabeza, pero ya con forma humanoide, allí la tengo a ella, parada enfrente mío sin decirme eso que sé que me tiene que decir, aunque no quiera, aunque no deba, aunque sienta que me va a hacer daño. Sé que me lo tiene que decir, lo dicen los cuencos de sus ojos azules, me lo dice el olor que se desprende de su pulover de lana recién tejido, me lo dice la colita que lleva en el pelo, me lo dice el color castaño claro de su pelo y su mirada triste pero hermosa. Su mirada lo sabe todo, su mirada sabe la verdad.
domingo, 27 de marzo de 2011
Diarios de Viaje
Una vez bañada me vestí, rapidamente sin pensar demasiado en qué me iba a poner, nunca fui muy histérica con la ropa. Me crucé el bolso, como de costumbre y miré el reloj: las siete y cuarto de la tarde. Que ducha rápida me di, pensé. Y así salí a la jungla nuevamente, sin pintura, con el pelo recogido, unas zapatillas y un jean, no me preocupé demasiado por eso, pero sí me preocupé porque mi celular tenga suficiente batería. Tomé el ascensor, planta baja, abrí la puerta y una ráfaga de aire caliente me pegó directo en la cara, todo lo que había logrado despabilarme con la ducha se esfumó al contacto con el mundo exterior. Otra vez el aire cancino y recalcitrante de la ciudad, otra vez las mismas calles, la misma vida, las mismas caras, todas distintas. Otra vez el ruido de la ciudad, una ciudad en llamas, siempre a punto de hundirse y siempre renaciendo. Caminé las dos cuadras que me separan de la parada del 152 sobre la avenida Santa Fe con la mirada perdida, supongo que cualquiera que me haya visto pasar me hubiese confundido con un fantasma, o una aparición o una mas de las mil caras porteñas. Subí al colectivo, pagué mi boleto y me senté en el único asiento vacío que quedaba, al fondo, a la derecha, del lado de la ventanilla, ni sé quién estaba sentado al lado, creo que un viejito de esos vestidos de traje a lo antiguo, de esos que uno piensa que sólo habitan en las novelas de antes de los cincuenta, un Adán Buenosayres. En fin, el viaje pasó rápidamente, atiné a ver el celular sólo para ver la hora, gran avance. Eran las veinte cuarenta y cinco y mis nervios estaban misteriosamente controlados. Como si nada toqué el timbre y el colectivo se detuvo junto al cordón exactamente veinte metros después de la esquina de Uriburu y Santa Fe. Me bajé. Prendí un cigarrillo, exhalé el humo y me dije, ¿que carajo hago acá? Parada en el medio de la vereda seguramente fui el chiste fácil de cualquier transeúnte. Una mujer fumando sola, en el medio del mundo, como si no hubiese mundo, como si nada ni nadie pasara por allí. Un alma sola dividida en mil pedazos, uno por cada segundo, uno por cada pitada, cinco por cada latido, diez por cada respiro, mil por cada pensamiento. Nuevamente mi cuerpo reaccionó primero que mi cabeza y así me encontré dando un paso, luego otro, hasta que todos mis músculos se pusieron en movimiento y movieron mis piernas para lograr un efecto parecido al de caminar. Sí, mi cuerpo caminaba, por Uriburu, rumbo a Marcelo T. de Alvear, pero mi cabeza estaba en La Quiaca. O en Nueva Zelanda. O en cualquier otro lado. Marte. Jupiter. El núcleo terrestre. Me dije basta, así no puedo seguir. Tiré la colilla del cigarrillo al piso, la pisé con fuerza con mi pie izquierdo y levanté la cabeza, como quien se persigna antes de un exámen, así, con aires renovados me encaminé hacia el bar de la esquina, ese que conocía bien, en ese en donde me iba a encontrar con no sé quien. En ese momento, a escasos veinte o treinta metros de la puerta del bar, pensé que era la mayor locura que iba a cometer, pero al instante se me escabulló una risita complice, como si mi inconsciente mi dijera, estás exagerando Camila, has hecho cosas peores. Me reí un poco mas fuerte y así entré al bar. Como era de esperarse había muchísimas mesas vacías. Los empleados se reducían a dos meseros que estaban dando vueltas por ahí, acomodando vaya uno a saber qué cosa en un estante, y algún que otro empleado más atrás de una barra con una caja registradora contando o haciendo que contaba un fajito miserable de billetes. El total de los parroquianos no llegaba a diez, una pareja de ancianos, adorables, tomados de la mano, un oficinista hablando por teléfono a los gritos, dos chicas mal vestidas con fotocopias y resaltadores sobre la mesa y en silencio, supongo que estudiando, un chico un poco mas chico que yo mirando por la ventana, y, en el fondo dos hombres mas, cercanos a los cuarenta, compartiendo una cerveza. Allí, en ese preciso instante, fue cuando me di cuenta que no sabía que demonios iba a hacer. ¿Iba a empezar a preguntar, uno por uno, quien me había escrito el mensaje? ¿Iba a sentarme sola en un costado esperando que alguien, por obra y gracia del destino o de la casualidad, se apareciera diciendo, hola yo fui el que te escribió el mensaje? Es lógico, hice esto último. Pensé que el único de los allí presentes que podía ser mi personaje incógnito era el chico que miraba por la ventana como abstraído, como poseído por las nubes de monóxido de carbono que emanaban los colectivos allá en la calle. Me dije si, el es el único que puede llegar a ser. O puede que no haya llegado todavía, al fin de cuentas son recién las veinte horas, muy puntual lo mío, bastante raro por ser mujer. Así fue que ordené un café con leche con una medialuna y decidí esperar unos diez o quince minutos. No habían pasado cinco minutos cuando veo mi celular y me asaltaron las ganas de escribirle preguntándole donde estaba, como podía ser que me haya dejado plantada, como podía hacerme esperar así, sola, en un bar cualquiera, a alguien que ni siquiera conocía. Por suerte no hice nada de eso, sólo miré la hora. Y así empecé a relajarme, a pensar que quizás todo era una locura. Y lo era, claro, quizás - y seguramente sería lo mas problable-, esta persona se habría dado cuenta de la equivocación y no aparecería nunca. Eso es lo que sucede hasta el momento, siendo un poco mas de las diez de la noche, sobre mi mesa sólo veo estas hojas que estoy escribiendo, un café con leche frío y una medialuna con dos mordiscos. El fantasma nunca apareció, pero tengo la esperanza de que sea el chico ese, que mira como si mirara mas allá de la ventana, que mira con sus ojos azules todos y cada uno de los fantasmas aparecidos de la noche porteña. O quizás no sea él y sea aquel, que entró hace unos quince minutos y pareciera que espera a alguien ya que ordenó dos cafés. O mejor aún, quizás sea aquel otro que está leyendo un diario. Aunque pensandolo bien puede que mi fantasma no haya llegado aún, quizás se retrasó, ya le preguntaré cuando llegue. Y si no llega no importa, de todos modos, es muy dificil que sea quien yo quiero que sea. Lo más probable es que no sea nadie, o sean todos. El chico de la ventana me acaba de mirar. Se levanta. Viene hacia mi. Pero sigue de largo, abre la puerta, sale. Lo sigo con la mirada a través de los ventanales. Pasa cerca mío, del otro lado del mundo. Me mira fugazmente y me analiza. Sé que es él, ahora lo sé, sí lo sé. Pero se fue. Pasó de largo y se fue.
lunes, 21 de marzo de 2011
Diarios de Viaje
Un día más, un día menos.
Eso pensé e inmediatamente traspasé el umbral que separa el inmenso mundo exterior de la extensión de mi mundo interior que es mi pequeño departamento. O sea, atravecé la puerta. Una vez dentro apagué el cigarrillo mojándolo en la pileta de la cocina y luego arrojé la colilla en el cesto de basura. Me di vuelta, atiné a dejar el bolso en el piso cuando escuché mi celular sonando, anunciando la calma (ansiolíticos) o la tempestad (pastillas de cianuro). El misterio se abrió de par en par. Una luz tenue o una llama o un semáforo. En la encrucijada mi mano sosteniendo el aparato de los mil demonios y a una tecla de distancia el cielo o el infierno, o el infierno y el cielo, o ninguno de los dos.
Nada de eso apareció en la diminuta pantalla, claro, lo que sí aparecieron fueron letras. Me costó ordenarlas debido a mi estado de excitación, pero cuando lo pude lograr pude leer lo siguiente: te espero en el bar de siempre, 20 hs. quiero verte...
Pero...pero...pero...
…
¿Y ahora? ¿Esto de dónde salió?
…
Camila, tus pies son de hierro. Creetelo.
…
Sí, tus pies no flaquearán jamás. ¡Quedate quieta carajo! ¡Pierna de mierda! ¿Por qué temblás así? Quedate quieta...quedate quieta...quieta...quieta...respirá...
…
Eso...eso...
…
Ahí vamos...me dije tomando una bocanada de aire que no me entró en los pulmones pero me bastó como para tranquilizarme un poco, abrir los ojos y sentir que todavía podía gobernar lo poco que quedaba de mis nervios, mis manos estaban tiesas, apretando ambas el aparato de plástico como esperando una instrucción, algo que hacer al menos, lo que sea, un cosquilleo, una señal, un guiño de ojo. Por fin pude comenzar con el envío de débiles pero consistentes señales nerviosas hacia las células receptoras ubicadas momentáneamente en las terminaciones de mis dedos para que se pongan en movimiento. Mi cuerpo se estremecía como el clítoris de una virgen estimulado por primera vez. Mi brazo era un manojo de cables eléctricos, sentí que mil millones de kilovatios de energía se concentraban en la yema de mis dedos flacos. Las uñas hacían las veces de escudo, yo creo que si ese día me las hubiera cortado, hubiese muerto instantáneamente electrocutada. Bueno, puede ser un poco exagerado, está bien. La cosa es que pude contestar el mensaje (¿por suerte?), y lo que pude llegar a escribir fue algo así como en dónde, o porque, o como, o quizás no contesté nada. Lo importante es que inmediatamente, con el teléfono todavía atrapado en mis manos, llegó otro mensaje. Sólo arrojaba al éter tecnológico una dirección: en el afiche dale, marcelo te y uriburu, 20hs, dale. ¿Dale qué? ¡Dale qué! Grité, esta vez grité fuerte, para fuera. Quiero decir, no me lo imaginé, lo grité a viva voz, mi garganta de repente se convirtió en un megáfono, y cuando abrí los ojos, unos ojos semi-concientes, los ojos intermedios, los ojos del intersticio entre el sueño y la realidad, me encontré sentada en el sofá, con el teléfono descansando sobre la mesa de luz situada inmediatamente a mi izquierda, a escasos quince o veinte centrímetros de mi dedo índice, y cuando giré la cabeza mi vista se chocó, literalmente, con el reloj que tengo en esa misma mesita, justo detrás de donde parece que apoyé el celular hace no sé cuantas vidas. Eran las seis y treinta y cinco exactas, claro, de la tarde, como todas las seis y treinta y cinco de la tarde. Mi cabeza misteriosamente empezó a trabajar, lenta pero eficazmente. Me levanté de un golpe del sofá y en el camino hasta el baño se fueron acumulando en el piso de mi departamento los pedazos de trapo que llevaba encima a modo de ropa: por allí terminó mi remera, mas allá el corpiño, a la izquierda, al costado de la estufa las zapatillas, ahí en el medio del pasillo quedaron las medias, y lo último que vi antes de cerrar la puerta del baño fue una bombacha gastada por el uso justo debajo de la foto de los obreros comiendo en una en las alturas, sobre una viga, sobre el cielo de Manhattan. Llegué a pensar en esos hombres, en lo poco que valían sus vidas y lo mucho que valían esas vigas de hierro, en las esposas que los estarían esperando seguramente al final del día, en la liviandad de sus cuerpos a nosecuantos metros del suelo, y también me pensé a mí, y me pensé como una mas, como una obrera más descansando en una viga a nosecuantos metros del suelo, con el cuerpo hecho aire. Entrando en el baño lo siguiente que vi fueron dos grifos, letra c y letra f de izquierda a derecha. En rojo y azul correspondientemente. La canilla con la letra f apuntándome, por obra de mi mano derecha, giró hacia la izquierda. Lo siguiente que sentí fue un chorro de agua fría golpeándome salvajemente en la frente. Cerré los ojos instintivamente. Un segundo de dolor. El dolor de las mañanas, el dolor despertador. El dolor de sentir que otra vez tenés el completo dominio sobre tu vida...
miércoles, 16 de marzo de 2011
Diarios de Viaje
El sueño fue de lo más extraño (más aún que el mensaje, que no es poca cosa). Aparecía yo en una playa, supe que era yo porque me vi, me vi como desde arriba, en realidad era una especie de observadora de mí misma caminando por una playa desierta en pleno invierno (lo noté por el abrigo que llevaba puesto, un buzo tipo polar con cierre y capucha sobre mi cabeza). Bueno, la Camila que caminaba iba con la cabeza gacha, mirando el suelo, con las manos en los bolsillos del buzo y arrastrando los pies por la arena. No pude ver su cara (mi cara) porque desde donde estaba me la tapaba la capucha del buzo, pero supe, sí, supe, no sé como, supongo que por la extraña percepción de la realidad que se da en los sueños, que estaba llorando. También supe que esa playa era interminable y que la Camila caminante no tenía rumbo ni norte, sólo caminaba. Todo esto lo supe de una manera natural, irracional, lo que quiero decir es que no precisaba los ojos ni los oídos ni ningún otro sentido para percibir esas cosas, como que me llamo Camila que sabía que esa que caminaba era yo misma. Ahora, lo que me dejó perpleja fue de lo que me percaté cuando sí usé los ojos y los oídos: en vez de un par de huellas en la arena (que sería lo esperable en cualquier orden de realidad menos en el del sueño) vi dos pares, y en vez del ruido del viento y del mar se oía un llanto de niño, constante, interminable, imposible. Bueno, era imposible pero eso fue lo que soñé, no sabría qué significado darle, tampoco sabría si es necesario adjudicarle un significado a un sueño (para eso están los psicológos supongo). En fin, la cosa es que, como era de esperarse, me levanté sobresaltada, no llegó a sonar el despertador y yo ya estaba sentada en el borde de la cama, con ambos pies apoyados sobre el frío suelo de cerámica, cosa que me trajo más rápido a este mundo. Y empezó un nuevo día con mi cabeza echa un peón de ajedrez en un juego que no era ajedrez, un peón desorbitado, mucho más que perdido, extraviado en un tablero ajeno buscándole las reglas a un juego que ni siquiera sabía como se llamaba.
Claramente ese día la pesadilla no se disipó con la salida del sol.
Una vez despierta desayuné rápido, casi como siempre, y medio despierta, medio dormida, salí hacia el trabajo. No es un trabajo que me guste demasiado pero me deja lo suficiente como para pagar el alquiler, comprar algún que otro libro, continuar con mis estudios y hasta darme algún que otro lujo. No está nada mal, aunque a veces se pone un poco rutinario ser la recepcionista en un consultorio odontológico. Demás está decir que, estudiando letras, no es un trabajo que me interese demasiado. Supongo que a la corta o a la larga todos terminamos trabajando de lo que podemos, bah, que se yo, se dio esto y no me quejo, aunque sé que no quiero dedicarme toda la vida a llenar solicitudes y aptas médicas. En fin, como dije, la pesadilla me persiguió todo el día. A media mañana, después de unas cuantas tazas de café con leche, ya no podía discernir entre la vigilia y el sueño. Ya no sabía si seguía soñando o si ya estaba viviendo mi vida ordinaria. La cosa es que seguí respirando, casi por instinto, suponiendo que en algún momento iba a despertar, o quedarme dormida devuelta, que mas dá, en ese momento daba lo mismo. El día tenía que pasar. Y pasó, agitadamente pero pasó. Con los nervios hechos trizas y unas ojeras de los mil demonios pude cumplir con mis nueve horas laborales y pude, entre corridas y empujones, subirme al subte que me dovolvió a mi departamento cuando el sol comienza lentamente a ocultarse tras los edificios de la gris ciudad de Buenos Aires. Fue en el preciso momento en que atiné a buscar mis llaves en el bolso de mano cuando recordé los mensajes del día anterior. No es que haya podido desarrollar tan a la perfección la técnica del olvido, no, pero entre las idas y vueltas de la rutina diaria había dejado el incidente relegado a segundas instancias. Digamos que los alojé en algún sector de mi conciencia en una especie de estado de latencia, como si hubiese podido ponerme en stand by solo para cumplir con las obligaciones del día. Ahora bien, ni bien entré en mi departamento se levantó la compuerta y empezaron a caer las preguntas, una a una, como las mil moléculas de agua que caen por milésima de segundo de una cascada fría, pedregosa y prístina generando, allí abajo, los torbellinos de un río turbulento y tempestuoso. Los rápidos de la obsesión. Yo sin balsa ni embarcación, intentando esquivar piedras y escollos, surfeando sobre la superficie del río de mi intransigente locura momentánea. Intenté mantenerme a flote, lo logré, pero crecía a la par de mi alegría por seguir viva el miedo a la hipotermia. Entre la esperanza y el riesgo, en ese estado de incertidumbre metafísica entré en mi departamento a las 18:30 horas y encendí, inmediatamente, un cigarrillo...